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© Mario Trucco para TodoMardelPlata
Cuando, sin saberlo, dejábamos de ser chicos, tuvimos a Don López.

En estos tiempos, con el Chiche éramos carne y uña. Juntos habíamos enfrentado el cambio que supone el ingreso a la secundaria y compartido todo el tiempo, dentro y fuera de la escuela, esa vieja Normal Municipal de 25 de Mayo y Catamarca, cuya dirección ejercía el cura párroco y el profesorado un grupo de hombres y mujeres que siguen presentes en la frecuente y cálida evocación de esos años, plenos de incertidumbres, problemas agigantados y proyectos renovadores.


No cabía explicación. En los primeros días de clase costaba readaptarse a la disciplina de los horarios. La puerta sobre 25 de Mayo, pequeña, con escalera próxima, estaba más que cerrada. Plantada en ella, maciza, cincuentona y sargenteando, la celadora general se nos antojaba la imagen misma del "no pasarás". Más que sus gritos, nos mortificaban los tantos motivos de esa llegada tardía. Podían ser varios, tantas eran las maneras que teníamos de perder el tiempo. Dentro y fuera de la escuela ...

Quizá uno de los dos pateó un cascote iniciando un ataque de nuestro equipo nombrando al colador. Un tiro cada uno. Ganaba el que le pegaba último a la improvisada, tosca, indócil pelota. Habilidad, puntería, desaprensión, todo estaba en juego. Para ubicarla debajo de un auto y obligar a la barrida a tientas, acompañarla con el grito de gol en su entrada a la boca de tormenta, o con olímpica indiferencia hacia la más impostergable obligación escolástica, hacer contramarcha aplicándole tremendo patadón que nos hacía volver sobre nuestros pasos, cuadras y cuadras, complicando itinerarios, desoyendo compromisos en un contrapunto con exceso de amor propio y carencia total de formalidad.

Nos resistíamos a dejar de ser chicos.

No advertíamos que todo estaba programado para que dentro de tres años fuéramos maestros ... Ese mismo 1945 nos impondría, ya en el último bimestre, comenzar con las prácticas en aulas de la Escuela Número 1, porque la modesta Escuela Normal no contaba sino con ese curso, carente de escuela primaria anexa.

Y ahí estábamos, quizá arrepentidos por habernos demorado jugando de manos en plena calle, o renegando de la costumbre de leer gratuitamente revistas en el pequeño local -pomposamente llamado librería- de "Varita" Zanzi, flaco y largo, generoso y comprensivo, que en ese reducido espacio no dejaba de ser el movedizo jugador de básquetbol del Atlético Mar del Plata.

La autoritaria, inflexible, robusta celadora, no pedía explicaciones. Cosa grave. Pero aún dispuestos a ofrecerlas, no las aceptaba, lo que era peor, porque para regularizar la situación -reglamentarista a ultranza, antecesora de Castrilli- tendríamos que concurrir acompañados de nuestros padres.

Robusto, capaz de cargar con facilidad asombrosa tres bolsas de harina o sacar como de asador un lechón del horno, de mucha fuerza y pocas palabras, el padre de Chiche, empresario panadero.

Obrero pintor, remiso a contemporizar en lo que comprometiera su amor propio, severo más de forma que de fondo (y no tenía ya estatura para llegar al fondo) tampoco mi padre era afecto a integrar la lista de candidatos a una posible gestión para aplicar más benevolencia al estudiante infractor.

Ese era el panorama. Desalentador. Momentáneamente al menos, porque minutos después el problema era donde dejar los libros (los guardapolvos se dejaban en la escuela), dispuestos como estábamos a disfrutar de la libertad que nos ofrecía esa mañana fresca pero soleada, estando próximas las Santas Pascuas, detalle que aventaba nuestra ya superada congoja, ya que sabida era la posibilidad de un perdón generalizado, en adhesión de la conmemoración del sublime acontecimiento de dos milenios atrás. Esas ansias de disfrutar la antesala de los fríos rigurosos, nos impulsaba a los espacios abiertos. La costa, con sus playas desiertas, era un itinerario frecuente. Por novedoso, elegíamos como escenario de nuestras cavilaciones y estrategias, el Campo de los Deportes. Inaugurado el invierno anterior, todavía aparecía distante. Sobre todo porque no disponíamos sino del consuelo que manaba de la gracia y originalidad de frases tales como "a patacón por cuadra", "un ratito a pie y otro caminando", "subiéndonos arriba de los zapatos" y otras expresiones propias de quienes tienen aún mucho para evolucionar intelectualmente. Después de poner las cosas en su lugar y proclamar por unanimidad el abuso de un sistema, todo en una complaciente privacidad para no agravar las cosas, es decir, ya a centenares de metros de la esquina que sigue conmoviendo más allá de sus saludables reformas, sólo entonces, reparamos recientemente ingresado, integrante de ese grupo de primero que todavía no tenía la anuencia de nosotros, los grandes, para intentar decisiones trascendentes en cuanto a la conducción de la escuela.

Nuestra caminata era lenta, propia de la despreocupación por el tiempo que nos insumiera. La avenida Independencia, espaciosa, todavía sin mucho tránsito -entrábamos, debíamos entrar a las 7:45- invitaba a diversas reflexiones. Nos preocupaba comprobar hasta dónde redituaría el año ya cursado. Porque dentro de un escaso alumnado -no más de 120 estudiantes- los varones tenían porcentaje mínimo de concurrencia, apenas el 10.

No éramos muy optimistas en cuanto a nuestra ubicación en el grupo de veteranos, porque eran muchos los factores que conspiraban: ya tenían pantalones largos todos, menos nosotros. Algunos hasta lucían bigotes y aunque en el transcurso del año anterior tuvimos muy buenas relaciones con todos ellos, nuestra condición de gurrumines pesaba. Indudablemente, era un detalle que nos preocupaba.

Para colmo, habíamos reparado en que algunos de primero ya los habían bajado a tomar agua", como se decía entonces cuando algún grandulón seguía con los pantalones cortos. Es probable que quién no haya conocido esos tiempos, minimice la importancia de esa etapa en la vida de los hombres. Ponerse los largos era todo un acontecimiento. Liberaba, impulsaba. Más allá de las consecuencias de estas -llamémosle- conquistas, ponerse los largos ilusionaba. Y en esa etapa de la vida, la ilusión es una constante. Imprescindible.

Por ejemplo, el rubio que también llegó tarde. Era un poco más alto que nosotros, pero con un físico trabajado. Se encargaba de mostrarlo; con sobriedad, pero por algo tenía la camisa arremangada, para exhibir dos brazos robustos. Teníamos que admitir que lo mirábamos con cierta envidia. Bah…con total envidia, si teníamos en cuenta el detalle de la Genial Lucifer. La Genial Lucifer era una bicicleta de carrera. Años atrás, la pistera, livianita, sin ningún aditamento. La corría en el Velódromo de Colón y XX de Setiembre el negro Enrique Molina, campeón argentino de resistencia. La rutera -que fue con la que apareció el rubio- costaba 330 pesos. Tenía tres cambios de velocidades.

Los cambios fueron una de las novedades con que corrió Molina en Paraná y le arrebató el titulo a Mario Mathieu -en sus propios pagos- el compañero de Petrís aquí, en las americanas.

A mí me gustaba más la Legnano, aunque la corriera Petrís y yo fuese fanático de Jorge Polet. Pero de cualquier forma, una Gran Lucifer. Y ese iba a primer año. Cada vez veíamos más lejos nuestro protagonismo, por más que estuviéramos entreverados con los grandes.

El asunto es que ante la acumulación de factores en contra, nos íbamos achicando anímicamente. En más de una ocasión, ¡eran muchas cuadras! se actualizaba el problema creado por la llegada tarde. Cuando estuvimos en el Campo la cosa fue cambiando. Nos prendimos en un picado y nos olvidamos de todo. El regreso fue con más interrupciones, porque cuando nos apasionábamos con un tema y tras amagues tontos de irnos a las manos, aprovechábamos para sentarnos a descansar. En cualquier lugar. Obviamente, no faltó la referencia genial: ¿Adónde vas? …¡¡¡Al picnic! …¿De donde venís? …Del picnic…y acentuando el tono quejumbroso de la última respuesta, nos echábamos a reír…

Les dije que en esos tiempos, con el Chiche éramos culo y camisa. ¿Qué nos podía importar venir por una calle o por otra?. Nosotros podíamos discutir por temas sin importancia, pero en los de fondo siempre estabamos de acuerdo.

Llegamos por Salta hasta Moreno y doblamos. Los dos vivíamos en Belgrano. El, al lado de la vía, y yo en Neuquén. Capaz que doblamos instintivamente, para no pasar por Las Aguas Buenas y tentarnos con sus gigantescos cuernitos con grasa que costaban cinco centavos.

El caso es que doblamos en Foto Salinas, pasamos por la Parrilla Aprea y cuando cruzábamos ese viejo caserón que es el término medio entre la casa de inquilinatos y la de departamentos, en el mismo momento, saliendo del largo corredor que une a los dúplex de ambos lados, aparece el rubio…

Una remera livianita -mangas cortas- pantalón ceñido y sosteniendo por el manillar a la roja bicicleta que marcaba -perdón, no lo sabía entonces- cierto status, la diferencia entre poder y querer, tener y soñar…

Nos saludamos cordialmente. Nosotros, que sabíamos lo que se avecinaba en nuestras casas, mostramos rápidamente curiosidad por saber que había acontecido en la de él.
- No, todavía no dije nada…
- ¿No lo viste a tu viejo?
- Si, pero no le dije nada. Más tarde le aviso…

Parecía no tener conciencia de lo que significaba ir a la escuela con el padre. No conocía a la celadora, que era capaz de magnificar la luz de un fósforo hasta compararlo con el incendio de Roma.

Estábamos por advertirle acerca de la necesidad de ir preparando al padre y armar la estrategia defensiva, cuando, tras cubrir el mismo trayecto por el pasillo, llegó un hombre bajo, muy bien trajeado, con una de esas corbatas de singular buen gusto que nosotros admirábamos en el doctor Montangero, el de química de tercero. El nudo grande, ceñido, para aprisionar con firmeza una tela de excelente calidad. Palmeó al rubio, le hizo una broma acerca de una mancha en el pantalón, nos ofreció una sonrisa espontánea, franca, llena de calidez, y tras manifestar que volvería a media tarde, en una mezcla de ligero reproche y amable sugerencia le preguntó porque no nos invitaba a pasar.

Si esperar respuesta, levantó el brazo a modo de despedida y con paso rápido se alejó.
- ¿Quién es? ¿Tu tío?.
- Mi viejo…

Nosotros sabíamos que el panadero y el pintor eran dos tipos que asumían todas las responsabilidades de del jefe de familia, decididos a cualquier cosa por defenderla, incapaces de una fallutada, que si eran exigentes nadie podía reprocharles que se otorgaran concesiones. Nos enorgullecíamos de ellos. Asumíamos inclusive la gran parte de responsabilidad en algunos choques verbales -clara verticalidad- ellos tenían ganado el derecho a la última palabra, y que se pronunciaba más rápidamente de lo deseado por nosotros. No teníamos duda de que en nuestra casa las cosas andaban derechas.

Pero se nos mezclaban las sensaciones. La despreocupación del rubio hacia lo que nosotros veíamos como un drama en potencia, la demora en avisar sobre algo importante, que para nosotros significaría un agravante. No sé, capaz que en tren de definirlo tendríamos que caraturarlo como "ocultamiento con fines inconfesables" o algo por el estilo, tipo titular de Crítica. Tenía que ir con el viejo a presentarse frente al sargento y no se calentaba. Y el viejo no se mosqueó cuando el rubio volvió más temprano del colegio.

El rubio era medio secote. Ante nuestra perplejidad, sin advertir que no salíamos de nuestro asombro por un montón de cosas que nosotros ni imaginábamos con nuestros padres -esa broma sobre la mancha en el pantalón- se limitó a decir…
- ¿Pasan? …

Ibamos detrás. Del rubio y de la bicicleta. La veintena de metros del pasillo terminaba en la puerta de un departamento, el único frontal al pasillo. Un número 9 exhibido en una chapita esmaltada, lucía pulcramente a centímetros del marco.

Entramos, un pequeño patio, una escalera de acceso a los dormitorios. Una puerta daba a la cocina, otra a la habitación del rubio. Sobre un costado, el baño. La pieza era algo así como una comodidad exclusiva; biblioteca, globo terráqueo sobre una mesita, en la pared un pizarrón con palabras sueltas escritas para fijar correctamente la ortografía, cama de una plaza.

En una de las paredes, moldeado en yeso, el rostro exultante, agresivo, inconfundible, de Adolf Hitler.

Estábamos a comienzos del 45. El chiche tenía en la casa desde dos años atrás, una serie de mapas que publicaba Crítica con la marcha de la guerra. Banderitas diciendo dónde estaban los aliados, dónde los alemanes. Cómo andaba la cosa en el Pacífico. Nos tragábamos todas las hazañas, conocimos todas las arenas, los pantanos y la arboleda de las islas donde los japoneses se ataban a las palmeras para hacerles gastar los proyectiles a los norteamericanos, aún después de muertos. Nos gustaba Montgomery a pesar de la gorra ridícula, sabíamos que algo no concordaba en la sintaxis de la RAF para referirse a la Real Fuerza Aérea; teníamos detalles del genocidio, la vinculación con la guerra civil española, juntamos papel de cigarrillo para los leales, creíamos que ganaban los republicanos. Teníamos, en fin, consumido todo lo que asoló al mundo en décadas de la primera mitad del siglo.

Veíamos al Führer y nos mirábamos de soslayo, como decía el uruguayo Carlos Solé cuando estaban por patear un penal.
¡Eran nazis! …

El primero en reaccionar fue el Chiche. Porque, además, el Chiche sabía todo sobre la guerra. El Chiche podría haber sido empleado como estratega en cualquier otra guerra. Al chiche, minga que lo iban a engatusar. El Chiche seguro que no iba ni a Vietnam ni a Corea. Y hasta que hubiera aconsejado irse antes de Dien Bien Phu.

No fue ni una pregunta ni un reproche. Preguntaba deseando no escuchar la respuesta que intuía. Por primera vez el rubio pareció interesado en nosotros.
- Mi viejo…tiene el berrinche de moldear. Pero esperen que prenda la luz. Esta pieza está casi a oscuras.

Aumentaron las diferencias en los tonos. Se operaba en el yeso colgado una metamorfosis que sólo la intensidad de la luz podía provocar. La expresión de la boca se convertía en una mueca y el mechón sobre la frente adquiría una auténtica rigidez. El maxilar contraído y, sobre el cuello, ajustándolo, aprisionándolo, llevándose sus impulsos enloquecidos y apartándolos para siempre de un mundo amenazado, una soga…

Nos miramos como si terminara una pesadilla. Cuando recorrimos el largo pasillo, ni imaginábamos que en ese departamento 9 del viejo caserón de Moreno al 3300, iban a transcurrir horas inolvidables vividas por un grupo de siete estudiantes y un amigo -el rubio dueño de casa- en torno de un tipo sensacional, quijotesco, incorregible, solidario, espontáneo, que con su pérdida doce años después, nos llenaría de congoja.

Habíamos conocido a Don López.