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© Mario Trucco para TodoMardelPlata
Por cuanto tiempo retendremos algunas cosas sin importancia?

Es probable que por sí mismas no provoquen grandes polémicas; apenas algunos comentarios intrascendentes de quienes están vinculados a ellas, pequeñas cosas, detalles casi inadvertidos para el común de la gente, atareada, preocupada como está por temas de real significación, como puede ser en su momento la demolición de la manzana 115, el anuncio de recuperación del Bristol Center, el embellecimiento del entorno del Hermitage, los proyectos sobre la peatonal . . .



Hasta cuándo subsistirán las vías de Castelli? ¿Quién recordará el último tramo de empedrado que aún conserva la ciudad?. ¿Cómo explicarle a los chicos del dos mil y algo que ahí, en ese sector de la ciudad estaba el famoso potrero de Berho, al que insólitamente se rebautizó con el tiempo como potrero de los berros?.

El viejo vecindario valoró la apertura de Castelli, hasta entonces -como Garay- cortada por el funcionamiento de la Estación Sud del ferrocarril, que llegaba desde Alberti hasta Alvarado, tupido cerco de siempre verde. Y recordará, frente mismo al "cambio", (esa pequeña chicana para estacionar el tranvía y permitir el doble paso por una sola vía) aquellos robustos eucaliptos sobre la vereda de los nones (otra antigüedad) que en los precipitados atardeceres de invierno se poblaban de murciélagos. Por esas vías transitaban las líneas 1 y 2, en su itinerario hasta el puerto y el cementerio, respectivamente.

Cuando serán levantadas, considerando que ya sólo ocasionan molestias.

Qué curioso; a veces atribuimos su permanencia a la sensibilidad de quienes teniendo poder de decisión para levantarlas, parecieran respetar lo que representan para muchos de aquellos que alguna vez se asieron de la ventanilla de un tranvía para aliviar un pedaleo.

Las viejas vías de Castelli, comienzo o fin de aquella especie de aventura que constituía el paso por el estrecho sendero ganado a la piedra a fuerza de barreno. Los mismos que se habrán empleado en las Sierras de Tandil, para proveer de adoquinado a grandes centros poblados. Y a los que pretendían constituirse como tales, como nuestra ciudad, allá por los años 10, cuando en plena construcción del puerto, Caras y Caretas, la prestigiosa revista argentina, anunciaba en ocho páginas a color, el loteo y remate de futuro gran barrio residencial de Mar del Plata, "a pocos metros del puerto de aguas profundas que recibirá a las naves de gran porte con viajeros de todo el mundo". En tierra de herederos de Pedro Luro, con planos que prácticamente no se alteraron, con la plaza principal y diagonales, Caras y Caretas estimulaba la compra de lotes en el barrio Las Avenidas.

Desde proximidades de la vía del ferrocarril, a partir de Vértiz, la actual avenida Elpidio González muestra su empedrado, el último empedrado de la ciudad como exhibiendo con orgullo su estirpe proletaria, más allá de las fantasiosas, hiperbólicas argumentaciones de quienes parecieron ser los precursores en la venta de inmuebles con vista al mar.

Ese mismo mar que se veía desde la casilla del señalero de las después llamada Estación Norte del Ferrocarril, pretendiendo distinguirla así de la Sud, en inútil intento porque para los marplatenses fueron Vieja y Nueva. Claro que sin imaginar que sería aquella la que perduraría en su actividad específica.

Y cuando los jóvenes profesionales transiten, con la celeridad que la justicia impone, esa moderna ciudad judicial, alguien debiera encargarse de decirles que ahí, cerquita de la casa que habitó por años Tilde -anexa al depósito de OSN- estaba el famoso potrero de Berho, dueño de una fonda en 25 de Mayo entre Francia y Jara, y propietario de una vaca lechera y algunas ovejas, que largaba en terrenos próximos, usado por todo el purreterío como cancha de fútbol, costumbre que aún subsistió hasta terminar el siglo al menos, aunque se ignore, aún si con los resultados excelentes que al promediar la centuria exhibía con la presencia de grandes cracks. "Gatillo" Sasiain, desde hace muchos años en Estados Unidos, se sumó a decenas de pibes que comenzaron en ese potrero.

Que coincidencia, los seudónimos denotan cierta similitud de origen con la aristocracia que se presumía iba ocupar Las Avenidas, así estuvieron "Pinta" Amatrain, Biyuya y Pavita Martín, el negro Rodriguez, los Rinaldi, el Oso el ñato, y alternando en Colegiales, don Morón, que después se dedicó a fabricar los mejores chorizos, con y sin picante.

Y si por una de esas cosas cuando los jóvenes profesionales estén escuchando estas historias, participa alguna dama también inmersa en el notariado, bueno es decirle que el papá de "Gatillo" se casó con Catita, hija del viejo Berho. Y de ahí surgió una de las mejores figuras del fútbol marplatense. Porque de esa forma complacemos el espíritu romántico que alberga toda mujer y demostraremos, una vez más, que el fútbol une.

Mientras tanto, disfrutemos de las sensaciones que provocan las cosas chiquitas sin gravitación en la agitada vida de la ciudad, pero que enternece a los espíritus simples, con sólo pensar en perderlas.